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Escalada en hielo Altos Alpes franceses
por Emilio Ibañez y Antoñito

Bonjour mes amis/es: Como sabéis, este invierno la estación de escalada sobre hielo nació muerta en estas nuestra querida tierra sureña. Junto a Dani, ya había hecho una aproximación al circo del Alhorí con la sana intención de ver cómo se iban gestando sobre el lienzo de roca las gélidas líneas glaseadas, que el año anterior ya nos habían dado muy poco juego. El panorama fue doloroso. ¡Ni siquiera chorreaba una triste lágrima sobre las desnudas placas pizarrosas¡.  ¡Nos quedamos fríos y helados…..¡.

Las herramientas que tan “calentitas dormían en el baúl de la Piquer”, podían seguir “hibernando” mínimo una nueva temporada, perdiendo de paso el temple, e incluso su vigencia y utilidad (si nos atenemos al cambio de tendencia técnica del día a día).
Ya había recibido un par de propuestas para ir a escalar a la mítica Gabarnie, pero las fechas nunca fueron propicias debido a las obligaciones profesionales, aunque dejé una puerta abierta para el mes de febrero y, “magia potagia” mi querido y admirado Antoñillo me hizo una proposición tan honesta que no me pude resistir, consistente en ir, si a Gabarnie no era posible, hacerlo a los Alpes para “pinchar” en zonas que el ya conocía y que según las predicciones metereológicas iban a ser perfectas.

Estas líneas, simples al máximo, sin retórica ni preciosismos,  exentas de misticismos y heroicidades, son el compendio de cómo casi siempre tras un viaje largo y tedioso, una estancia corta y deliciosa, nos brinda un resultado excitante y enriquecedor.
Ha sucedido que el trato humano y tiempo atmosférico han acompañado, y aunque no tenemos derecho a queja, siempre queremos más, pero para eso somos “veletas” e insaciables. No teníamos nada que echarnos a la boca y con un cubito éramos felices, pero ya nó, ahora queremos la Antártida en vertical  y la luna de cristal helado a menos de - 0º. “Homos caprichosus somus”. Besos y cálidos abrazos para “Totus tuos”.

Por fin consigo viajar a escalar específicamente cascadas de hielo fuera de nuestra nevada sierra. Debido a que en Gabarnie no es viable hacerlo a causa del peligro real de avalanchas por la gran acumulación de nieve en los campos superiores de las cascadas, decidimos ir a los Altos Alpes franceses a escasos kilómetros de la frontera italiana a zonas ya conocidas por Antonio. O sea una pasada de kilómetros. (Finalmente 3.500).

Martes, 21 de febrero. 21. 1:30 horas. Partimos la madrugada del lunes al martes a la 1:30 horas. Yo salgo algo antes ya que me tengo que desplazar a Guadix, allí hago trasbordo de un bolsón, dos macutos, una bolsa con la cuerda, otra con las botas y un minimacuto + bolso de bandolera con la “documentasió”. Conseguimos…¡ que todo lo mío y lo de Antonio entre en el maletero.

Tras un ilusionado adiós, partimos.  Antonio ha descansado alguna hora, así que va lo suficientemente fresco. Yo me hecho una cabezadita. Vamos desgranando los kilómetros por la autovía. Poco a poco vamos poniendo “módicos” billetes de 50 euros. Al entrar en la comunidad valenciana comenzamos “el chorreo” de peajes ininterrumpidos que sumaran al final del viaje casi 200 euros. Por supuesto en toda Cataluña y Francia  seguimos “palmando”. Nos dirigimos a una “Gîte de etape” llamada “la Draye” de la que desconocemos donde está y como es ya que todo se ha concertado por teléfono, pues en los refugios en que ellos habían pernoctado en las ocasiones anteriores, debido a la “semana blanca” que se desarrolla en Francia en esta época están saturados.

Una vez abandonada la última autopista nos dirigimos a Galp donde ya de día comienzo a reconocer el paisaje. Resulta que por aquí pero en la dirección contraria aparecimos tras descender el “Alpe d,Huez” en nuestro viaje a Dolomitas, Sonia, Dani y yo.  A base de preguntas, fallos y aciertos terminamos en el refugio.

Las vistas son espléndidas, el edificio está muy bien, el personal parece muy agradable, y no hay excesiva gente. Por supuesto por estos andurriales todo está nevado. Tras trasladar todo el material y más o menos empezar a tomar el mando de la cálida habitación, bajamos a tomarnos una cervecilla y a recabar información. Resulta que el dueño de la gîte habla perfectamente castellano ya que estuvo muchos años en Sudamérica, sobre todo en Bolivia. El refugio entero se encuentra decorado con preciosas fotografías de ese país y otros vecinos andinos, así como otras del Himalaya. Nos sentamos cómodamente frente a la chimenea donde otros huéspedes hacían “acopio cultural”, con libros y revistas de una coqueta biblioteca infantil, científica y montañera, eso sí todo en francés. Nada de teles, músicas, ni palabras altas ni malsonantes. Una delicia para la mente. ¡Creo que hemos acertado¡ Ya en nuestra primera cena,  nos empiezan a dar muestras de la calidad culinaria de la cocina francesa, aunque exageradamente abundante por ser la hora cercana a acostarse.

Tenemos decidido que al día siguiente, o sea el miércoles 22 iremos a entrenarnos en las cascadas sitas junto a la estación de ski de “Ceillac” que se encuentra a unos cincuenta kilómetros de “La Draye”. Y en las que Antoñillo ya había escalado junto a Sergio. Antonio está mosqueado por si nieva y nos quedamos bloqueados en esta alejada zona que recibe el nombre de “La Montagne”. Jean Marc que así se llama nuestro anfitrión lo tranquiliza asegurándole que no va a nevar y que hay una máquina que en caso de problemas limpia la revirada carretera.

Miércoles, 22 de febrero. 5:00 horas. A las cinco de la mañana suena el despertador de mi móvil. A las cinco y poco bajamos a desayunar al comedor. A saber: Café con leche, yogurt, tostadas y cereales, con su correspondiente mantequilla, mermelada y zumo de naranja. En la calle no hace excesivo frío, no más de 6º bajo cero y cielo despejado.     Bajamos despacio y comprobamos que la capa de hielo que había en el día anterior especialmente en una umbría ha desaparecido. Nos dirigimos en dirección de “Briancons”, pasando por la ciudad de “Embrun”. Llegamos al cruce de “Corts”, desde donde iniciamos el ascenso a la estación. Llegamos de día y por supuesto los primeros. Nos recibe un perro que solo piensa en jugar instándonos a tirarle trozos de hielo que nos vuelve a traer machaconamente. Nos sigue hasta el pié de la primera cascada que sigue un pronunciado barranquillo recorriendo sus sucesivos resaltes. Un madrugador cuervo nos da los bon jour.

La huella de aproximación está muy marcada lo que facilita la corta aproximación. (Hay que tener en cuenta el concepto que tienen los franceses de que ir a escalar cascadas de hielo “en lugares civilizados” es  igual que ir a una escuela de roca o sea: pateo mínimo y nada de madrugones). El can se intenta encaramar tras Antonio. Por suerte para su integridad aparece otra gente y “cambia de aires”

Ya en el segundo largo tenemos compañía francesa. Tirando unos por un lado y los otros por otro, nos vamos apañando sin molestarnos excesivamente. En esta ocasión la cordada que nos acompaña es mixta. Todos van sin dragoneras. Yo al ir de segundo, paso de ellas desde el principio. Antonio es reticente. El silencio con que nos había recibido la estación, se va tornando poco a poco en bullicio, eso sí sin escándalos. El hielo es de muy buena calidad y la temperatura buenísima, así que con el forro es suficiente. Una vez en la cumbre y tras una última cascadilla muy estrecha seguimos la huella que nos baja por una muy marcada vereda (GR 5) hasta la base. Conforme bajamos al parking observamos que entre los esquiadores, hay muchísimos escolares en fila india tras sus monitores. (Aquí es temporada, digamos playera…).

Al llegar abajo veo que nuestro coche se encuentra solo en un amplio anchurón, mientras los demás se agolpan en las cercanías. Algo huele mal y es que claro al llegar de madrugada nos metimos en una zona prohibida, pero no nos acordamos de sacarlo. Nos llaman la atención pero aceptan nuestras excusas en “frances chapurreao” y todo queda en un leve mosqueo. ¡Teníamos que ser los  “siempre” incívicos e incivilizados españoles¡. Tras hacer unas fotografías de la cascada que hemos hecho y la que haremos mañana que se llaman respectivamente: “Les formes de chaos”: 300 m - lll/4; y “Sombre Heros”: 100 m – ll/5. Desandamos el camino y regresamos “a casita”. Aún temprano llegamos al refugio. Hay ambiente de senderismo, pero sobre skis y raquetas. Antonio sigue pensando en cambiarse, yo no quiero compartir habitación con otra gente y aquí todo el mundo es agradable, el ambiente es relajado y se come y se duerme divinamente. Tras el rato de charla junto a la chimenea y la opípara cena nos volvemos a retirar a “nuestros cuarteles de invierno”.

Jueves, 23 de febrero. 5:00 horas: De nuevo a las cinco arriba y antes de las seis a la calle. Noche estrellada. Llegamos de nuevamente los primeros a la estación de Ceillac. Tras ser de nuevo agasajados por el “can de hielo”, que tras jugar un ratito con sus bolas de escarcha, es llamado imperativamente por su dueño desde la ventana de “una casita de juguete”. Nosotros subimos cómodamente a pié de tajo. Comenzamos la escalada. El primer tramo es más vertical y de mayor longitud. Estando asegurando a Antonio en el segundo largo consistente en una luminiscente y estrecha columna, llega otra cordada que tras montar su reunión independiente, seguirán por la columna de la derecha, más voluminosa, pero por el contrario “chorreosa”. Tras rapelar el último tramo nos dedicamos a disfrutar pinchando en unas cortas vías hielo. Un rato después estamos en el coche, esta vez bien situado. Por supuesto hay “cienes y cienes” de “franchutes” que hablan su vernácula lengua.

Regresamos a la gîte. A la ducha, al esturreo de material para que se seque al calor del persistente radiador, a la “birra blonde” con nueces y otras lindezas aportadas por Antonio, al calor de la chimenea que ya compartimos con inquilinos diferentes, y a la siempre sabrosa y abundante cena, eso sí regada con vino del país y postres deliciosos. No quiero olvidar la costumbre (muy francesa supongo) de que en cada cena, cuando ya “estamos a reventar” nos traen una cata de queso de “a medio kilo”. Para mañana el plan es ir a una nueva zona, al igual que Ceillac, estación de ski, aunque en esta ocasión solo es de paso y nos acompañará más bien la soledad y el sosiego (esperemos), ya que nos alejaremos de la estación siguiendo una cómoda pista en un barranco más solitario y sombrío. La estación de ski se llama “Les Orres” y el sector de escalada, por supuesto “des Orres”. La cascada que acometeremos se llama “Dancing fall” 100 m – ll/5.

Viernes, 24 de febrero. 5:00 horas.  Tras el mismo ritual de bajar las cosas en un par de viajes, desayunar y limpiarnos los dientes, con de nuevo una agradable madrugada nos ponemos en camino. Con algún que otro despiste acabamos en el punto preciso para dejar el coche.

Desde aquí la cómoda pista “nos introduce hacia el destino diario”. Llegamos a una casita que es un antiquísimo refugio con su rústica fuente y abrevadero. Desde su vera “florece” al otro lado del barranco la tercera cascada “de nuestra expedición al “eau glacé”. Desde esta atalaya blanca se ve imponente, vertical, ribeteada de altivos pinos. Un primer lienzo de algo más de un largo y un segundo tramo primoroso algo más corto. A su izquierda cuelgan las cuerdas y anclajes de una poco atractiva “vía ferrata”. Por suerte no hay moros en la costa (va sin segundas ¡eh¡). Una vez situados en la huella buena, sin muchos problemas y tras pasar sobre el torrente por un coqueto puentecillo comenzamos la ascensión. Hay un tramo delicadillo de nieve suelta sobre roca para acceder a pié de la chorrera. Como es demasiado largo el primer tramo para hacerlo “al tirón”

Antonio monta una reunión colgada con tornillos. Antes para superar el largo asegura, a parte de con tornillos, sobre un abandonado abalakovs, apoyando en momentos precisos el crampón diestro sobre la roca a modo de mixto. Esta cascada es más dura y vertical que las de los días anteriores. Hay que hilar más fino. Un grácil cuervo nos saluda con su estridente grito de bienvenida mientras se mecía al vaivén de las imperceptibles térmicas. ¿Será el que nos saludó en Ceillac?. Una vez superado los dos tramos superiores, en tres rápeles sobre árboles nos colocamos por debajo del tramo delicado de ascenso. En esta ocasión nadie se ha encaramado en la cascada, aunque seguro que hubieran tenido problemas ya que el hielo cae directamente sobre la línea de escalada. Solo las voces de intermitentes e invisibles caminantes nos acompañaban en nuestro particular disfrute. De nuevo en la gîte,  y de nuevo el ritual del secado. Después del aseo, “viaje” a Embrun, ciudad turística la localidad más grande y cercana a “nuestra casa”, para hacer compras varias, entre ellas un libro de escalada de la zona, mapas varios y otras cosillas para “nuestras madames”. Cena, amena charla con Jean Marc y acostada para acometer nuestra siguiente y última jornada de escalada. En esta ocasión nos trasladaremos algo más lejos a un valle “más famosillo” llamado “Freissinieres”.

Llegamos a un pueblecito de cuento llamado “les Viollins” y rápidamente dejamos el coche por la cantidad de nieve que tenía la pista. Unos franceses le colocan las cadenas al coche para seguir pero tienen que renunciar y acaban andando. Iniciamos el pateo hacia el interior para ver las posibilidades. Cómo vamos tranquilos nos pasan y saludad una cordada de habla inglesa. Una vez llegados al final del valle (nuestro final) regresamos. Ya decidido donde nos meteremos, comprobamos que la cordada británica ha pensado lo mismo y ya se encuentran casi al pié de la cascada. Yo le propongo regresar y hacer la “Cascada des Viollins”, ya que él la ha hecho anteriormente y es simplemente preciosa.  Desandamos el camino y desgraciadamente en “nuestra línea” hay una cordada, pero eso no nos amedrenta ya que esa cascada tiene una segunda línea más a la izquierda, así que tras “casi ahogarnos” en un pequeño torrente accedemos zigzagueando a pié de vía. Esta línea es menos directa y tiene zonas con nieve fresca sobre roca, pero ¡es lo que es y punto.     Hacemos un primer largo y montamos la reunión sobre tornillos. Un segundo y bonito largo nos sitúa en una amplia repisa con reunión fija. Un puro separado de la pared sería nuestro próximo objetivo, pero no estamos mucho por la labor y menos con una cordada por encima, así que “sin pena” (intentaremos regresar algún día), cruzamos “bajo la lluvia” al otro lado por detrás del “colgajo” y sobre un fiable descuelgue sobre parabolts, en un por suerte solitario rapel nos situamos en la nieve base. Recogemos, bajamos y “para casita”.      Esta especial y espectacular línea se llama: “Cascada des Viollins” 150 m – lll/6. ¡Bellísima¡.     Tras consultar en Internet el tiempo que nos acompañará en el regreso a “nuestra patria chica”, iniciamos mentalmente el siempre triste adiós. Ya solo nos queda pagar, despedirnos y acostarnos temprano ya que nos vamos a levantar muy pero que muy, temprano para tras tomarnos un cafelito despertador iniciar el “triste” regreso.

Domingo, 26 de febrero. 2:00 horas: A nuestros amables anfitriones les dejamos sobre el mostrador una botella de vino y unas nueces de Antoñillo, y unas líneas de agradecimiento sobre una servilleta, y con, de nuevo una noche fantástica iniciamos el sentido y a la vez añorado regreso.     Me doy una cabezadita. Paramos para “los malditos peajes”, recargas de gasolina y avituallamientos, eso sí “desde las cataluñas” acompañados por una pertinaz y a veces despiadada lluvia.  Buscamos la compañía de los ocultos tajos alicantinos y saludamos a las soleadas paredes de Leiva, que se encuentran despejadas temporalmente. Ya se lee en los carteles: Granada e incluso Almería. Cerca de Baza, Antonio detecta lo que parecen copos en el cristal del coche y efectivamente estos poco a poco se adueñan del paisaje y algo después también del paisanaje que se acobarda, ¿o se dice acojona?, el caso que la gente se empieza a parar a poner cadenas o “a verlas pasar” y  ya tenemos el lío. Yo insto a Antonio a seguir, así que nos colocamos tras un todo terreno  y poco a poco vamos saliendo del caos. Por supuesto no hay guardia civil, no hay quita nieves y sí un accidente, por suerte en el carril contrario, que ocupa y paraliza la posibilidad de avance de las máquinas.

Sin mucha confianza pero sin parar conseguimos llegar a Guadix donde nieva cada vez más. Nos cruzamos con la colega de Antoñillo y nos presenta. Me parece muy linda y graciosa.  Una vez en su casa cambiamos los bártulos y “vuelo” con nieve hasta Abla hacia mi casa.
Hoy ya es “el día después” y desde ayer ya estoy pensando tirar de nuevo para arriba, esta vez a Gabarníe que entre otras cosas supone la mitad de kilómetros. ¡Ahí es ná¡.  Por supuesto mi agradecimiento y cariño para el “grande“ de Antoñillo, para Mara por animarme a ir, para Jean Marc; su mujer la del “cheveu blonde”, la chica que estaba con ellos, la mini- nepalí; los inquilinos que compartieron chimenea, mesa y mantel; perro; gatos; los caballos y borriquillos; el perro de hielo y el grajo que nos acompañó en Ceillac y les Orres, y en general para todos mis “amigos monteros” que sé que comparten conmigo estos momentos irrenunciables. Incluidos los que ya no están.  Lucy; Juán; Curro, el Mosca y mis queridísimas Jara y Toska, mis también añorados y llorados, Riky; Tizón; Aurora y Adán, son los portadores de mis recuerdos y añoranzas y por supuesto no me olvido de los aborrecibles humanos léase: a todos los cameros y especialmente pa mi Pedrillo, Dani, Paloma, Vadillo, Frasco & Kanuto, y en el mismo nivel pa Sergio; Cristina;  Joselillo; Fran y sobre tós tós pa  mi adorada Cristinilla (Mon dieu: un soleíl).