image
Gasherbrum II (8035 mtrs)
por Javier Campos

Incluido en una expedición alemana, salí de Almería el 23 de junio rumbo a Pakistán. En primavera ya había intentado la cima del Shisha, otro ochomil, así que por una parte me fui cansado de tanto intento frustrado, y por otra, convencido de que alguna vez tenía que salir bien.

El viaje hasta donde comienza la marcha de aproximación es por si solo una aventura. Para llegar a Askole, la aldea donde empieza la caminata hacia el campo base, se recorre la "Karakorum Highway", un nombre demasiado pomposo para una carretera en la que te juegas la vida en cada curva siguiendo el curso del río Indo. Creo que los datos son elocuentes. Para un trayecto de 800 kilómetros necesitamos 38 horas de viaje. Los cuerpos acaban destrozados y te preguntas si quedarán fuerzas para la montaña.

En Askole se inicia la marcha de aproximación. Se trata de una nueva prueba física y sobre todo anímica. Controlar a más de 100 porteadores mientras subes por el Braldo primero, y el Glaciar de Baltoro después, es una auténtica locura.

Paulatinamente, se va ganando altura y se entra en la morrena helada que baja desde Concordia. Primero superas la barrera de los 4.000 metros y luego la de los 5.000, para no volver a bajar de esa altura en un mes. El cuerpo inicia su proceso de aclimatación a la altura, un hecho fundamental para alcanzar la cima de un ochomil.

En este artículo  quiero aportar mi experiencia, no para determinar científicamente la elección del compañero, sino para tener varios pilares básicos a tener en cuenta en el momento de dicha elección.

No hay que olvidar que a esa altitud, el aire contiene solamente un 30% del oxigeno habitual al nivel del mar. Comienzan pues los problemas de hipóxia que tan desagradable hacen la vida a esa altura. A cambio de tanto sufrimiento, atravesamos los paisajes de montaña más bellos que jamás haya visto, con las Torres del Trango, el Gasherbrum IV, el Masherbrum o el increíble K-2.

El 8 de julio instalamos el campo base en el glaciar sur de los Gasherbrum, a poco más de 5.000 metros. Nos esperan cinco semanas de trabajo antes de iniciar la vuelta a casa. Desde el campo base, la montaña se ve grande y difícil, así que surge la inevitable duda sobre el desenlace final. Realmente, escalar un ochomil no es tarea fácil y la suerte juega un papel demasiado importante. No es justo pero es así. Se bien lo que digo.

Desde el campo base instalamos los campamentos de altura siguiendo la ruta abierta por Fritz Moravec hace ahora 50 años. El campo 1 se instala a 6.000 metros en el "Circo de los Gasherbrums", una explanada de hielo rodeada por seis montañas de más de 7.000 metros. Un lugar impresionante.

Para llegar al campo 2 se afronta una de las secciones más duras de la montaña, con varios tramos verticales de hielo. El gran problema de esta zona es que debemos pasarla varias veces, porteando los equipos y la comida que necesitaremos durante el tiempo que dura la expedición, así que no es raro que nos veamos escalando terreno muy técnico con 15 o 20 kg a las espaldas.

Nuestro campo 2 estaba situado a 6.500 metros bajo un enorme serac (torre de hielo) suspendido. La verdad es que, durante todo el tiempo que duró la expedición, estuve convencido de que el serac se nos caería encima una noche mientras dormíamos. El equilibrio del hielo era muy precario y los sustos fueron permanentes.

La subida al campo 3 era la sección más técnica de toda la ruta. El paisaje allí es impresionante, tanto por la presencia del Gasherbrum IV (una de las montañas más bonitas del mundo) como por el enorme vacío que se abre a nuestros pies. El último muro de hielo, justo bajo las tiendas del campamento, era de los que te dejan fuera de combate para unas cuantas horas...
Con las ruta equipada hasta el campo 3, a casi 7.000 metros, bajamos al campo base a recuperarnos antes del asalto final. Unos días más tarde, concretamente el 28 de julio, estamos de nuevo a 7.000 metros preparados para el intento de cima. Pasamos el día entero en las tiendas hidratándonos y descansando. El esfuerzo final va a ser durísimo.

A las 11 de la noche, abandonamos las tiendas y comienza el ascenso. En la oscuridad de la noche, subimos por un espolón rocoso muy descompuesto y peligroso. Una cordada polaca que va por delante no para de provocar avalanchas y al final acaban por alcanzarnos. La noche no es especialmente fría y avanzamos hasta 7.400 metros, el lugar en el que deberíamos haber montado otro campamento, pero que evitamos ante la inminente llegada del mal tiempo.

A 7.500 metros empieza a amanecer. Los colores del Karakorum tiñen el ascenso y la llegada del sol anuncia un magnifico día de cima. Ese regalo que llevo casi diez años esperando ha llegado.

A 7.760 metros, terminamos la travesía bajo la pirámide rocosa y alcanzamos el sol. El alivio es brutal, ya que desde hacía unas horas mis pies empezaban a sufrir los efectos del frío. Estamos en el "sattle", el lugar en el que por primera vez se ve la pendiente somital. No estoy muy convencido.
Los últimos metros son los más duros, pero tengo la sensación de que voy a llegar. Lo más importante es mentalizarse. Como se suele decir: "hasta el rabo, todo es toro". Ver la cima de cerca no garantiza alcanzarla.
Las pendientes finales son terriblemente inclinadas. Nunca imaginé que estaría "escalando" literalmente a 8.000 metros. Cuando alcanzo la última arista me rindo a la evidencia de que por fin voy a conquistar mi primer ochomil. Los 200 metros finales me han costado 4 horas y sin embargo, subo los últimos 50 casi corriendo. A las  10.30 de ese sábado 29 de julio, me siento en la cima del Gasherbrum.

Paso más de una hora en la cumbre. La primera media hora, completamente solo, disfrutando de un paisaje único y haciendo balance. Cinco intentos frustrados, 9 años de mi vida, mucho dinero invertido y una ilusión ilimitada. Sentado allá arriba, la conclusión está clara. No me gustaría echar de menos aquellos minutos en la cima del G2. Han justificado todo el esfuerzo.